Croquis
de la ruta sobre ©GOOGLE EARTH
COMENTARIOS: Otra posible
ascensión a la cumbre de las sierras orientales de Gredos, esta vez saliendo y
regresando de Serranillos. Tiene más desnivel que las clásicas subidas desde
los puertos, pero menos cresteo, por lo que es mejor con tiempo desapacible. La
cresta entre el vértice y la cumbre del Cabezo, aún con hielo, apenas presenta
más problema (debidamente equipados, por supuesto) que tener cuidado para
afirmar bien cada paso: las rocas están muy firmes y estables, son planas por
encima y, con buen espesor de hielo sólido, las puntas de los crampones se
agarran con bastante seguridad. El piolet, mejor de travesía (largo) para
usarlo de bastón y tantear el paso. Respecto a la vaguada norte del Collado de
los Pozos, no hay senda, pero la pendiente no pasa de moderada y el matorral,
bajo y poco cerrado, no se nota con la nieve.
RELATO GRÁFICO:
Poco
antes de las nueve aparcaba en las cercanías del Bar el Puerto en Serranillos.
Ni un alma por la calle en esta mañana helada. Por encima de los robledales que
rodean el pueblo, se veía, cubierta de hielo, la Picota, imponente risco
desprendido al sur que tapaba la cumbre. Tras ponerme las botas y echarme la
mochila a la espalda, comencé a caminar por una calle que sale enfrente del
establecimiento y baja a cruzar la Garganta de San Esteban. Según pasé el
puente, tomé…
… un
carril de cemento a la derecha (SO). Ante mí, iba viendo la loma al oeste del
Cabezo, por donde transcurriría la subida. La pista gana altura suavemente,
pero yo caminaba con calma y cierto cuidado pues había una fina capa de hielo
sobre el cemento.
Poco
después de la bifurcación citada, volví a tomar un segundo desvío a la derecha
(SO), tras el que el camino gira para dirigirse al sur, paralelo al curso de la
garganta de Pedro Bernardo. Sobre mí, la cima del Cabezo ya se diferenciaba de
la Picota.
El camino
ya era de tierra cuando llegué al límite de la nieve. A mi espalda, quedaban
atrás Serranillos y el Valle del Alberche, con el telón de fondo de la Sierra
de la Paramera.
Caminaba
ahora más suelto, ya sin peligro de resbalones sobre una fina capa crujiente de
nieve helada. La garganta se estrecha al entrar en su tramo superior.
Alcancé así
un extenso llano al pie del Puerto de Lagarejo, donde hay una pequeña cabaña
que podría servir de abrigo en caso de necesidad; aunque estrecha y baja,
paredes y techo estaban en buenas condiciones dentro de su rusticidad. Cuando
el camino acabó a los pocos metros, continué recto al principio, cruzando lo
que parece una zona de turberas o manantiales helados.
Todavía a cierta distancia del collado, vi sobre una roca que sobresalía de las retamas a mi izquierda (SE) un hito marcando el inicio del estrecho corte en el matorral de una senda.
Siguiéndola,
comencé a ganar altura por la ladera, camino del cordal que sube al este del
Puerto de Lagarejo. Cuando estuve por encima del collado, pude ver el Valle del
Tiétar cubierto de nubes bajas sobre las cuales un cielo enrojecido marcaba el
paso del sol bajo ese horizonte de vapores. Guiado siempre por los hitos, giré
a la izquierda (E) antes de alcanzar la divisoria, avanzando paralelo a la
misma por su flanco norte.
La senda serpenteaba
entre peñas y matorral buscando el mejor paso. Pese a la nieve, los hitos eran
bien visibles, siempre colocados sobre rocas sobresalientes y con buen
criterio. Al oeste, iban apareciendo la vecina Sierra del Torozo y el sector
central de Gredos, mientras que…
… a mi
derecha, las nubes entraban en las gargantas que se dirían ensenadas de un mar de
algodón.
Se adivinaba
la cresta al pasar junto a unos llamativos roquedos escarchados. Por aquí me
tuve ya que poner los crampones pues no sólo estaba ya la nieve bien helada,
sino que la subida se hizo más empinada, dentro de lo suave.
Alcancé la
cresta de la sierra junto a las rocas heladas del Risco de Miravalles, en
realidad un simple hombro en el cordal.
A mi
izquierda (NE), junto a otro apilamiento de rocas, vi las rampas finales bajo
la cumbre del Cabezo, igualmente blanqueadas de hielo. Bueno, la verdad es que
todo estaba en blanco y gris. No sé calcular temperaturas, pero los grados bajo
cero debían ser unos cuantos. Y menos mal que apenas hacía viento.
Al oeste,
el Macizo Central de Gredos y el Torozo destacaban blancos en un ambiente
sombrío, mostrándose especialmente llamativa…
… la
cumbre del Torozo, blanca sobre el granito rubio de su vertiente sur.
Tras una buena
parada para desayunar, pues no se estaba mal gracias a la ausencia de viento,
reemprendí la marcha siguiendo la loma al noreste, tan ancha en este tramo que
se perdía casi la sensación de cresta.
En las partes
rocosas, el hielo adoptaba bonitas formas.
La subida
final al Cabezo de Mijares la realicé por una rampa entre filas de rocas de la
cara sur del pico. El terreno se empinó un poco más, pero no llegó siquiera a
los 30º. Al llegar a lo alto, me encontré ante…
… la caída
septentrional de la sierra, con la Picota en primer plano.
Al fondo, destacaban blancas la Serrota y la Sierra de la Paramera, más allá
del valle oscurecido.
Al oeste
la divisoria del Sistema Central se prolongaba hacia el Circo de Gredos, donde se
llegaban a distinguir…
… las
cumbres más altas de la cordillera: Morezón, Sagrao, Almanzor, Ameal, Galana, etc...
La cima
verdadera está un poco al sur, marcada por una señal metálica, hoy escarchada
como todo sobre la montaña. La alcancé hacia las doce y cuarto, con un frío
intenso pero que, sin viento, se aguantaba bien.
Y otra
mirada al oeste, más amplia, desde la cima, con el cordal de Gredos enmarcado
por el cordal de la Abantera y las Parameras occidentales. Dándome la vuelta, …
… al
este, la continuación del Sistema central hacia ese lado. Con esas vistas a mi
alrededor, estuve media hora larga en cumbre hasta que decidí emprender la
bajada.
Comencé por
recorrer la cresta al este sobre los bloques. El primer tramo, la bajada al
Collado de los Niños, es el más empinado y más estrecho. Pero el hielo estaba
perfecto y los crampones se pegaban firmemente a la costra, de modo que fui
pasando de canto en canto caminando, aunque con apoyo del piolet para medir y
asegurar.
De vez en
cuando, una perspectiva curiosa.
O una bella
composición, como ésta de la Picota con la Serrota al fondo.
Tras el
Collado de los Niños, la cresta se ensancha y pierde carácter rocoso, al tiempo
que se eleva brevemente para formar una punta secundaria llamada Cerro del
Tambor, como puede verse en esta mirada atrás desde el mismo.
Continué
al este por el cordal, ya mayormente alomado, hacia el Vértice Cabezo que no
está en la punta más alta del monte sino en un pico secundario que marca el
extremo oriental de la cresta.
Al llegar
a esta cima, una mirada atrás, a la cresta recorrida.
Más al
este, el cordal se prolonga suave por Cabeza Santa hacia la Sierra del Valle.
Caminando por el lomo, bajé hacia el Collado de los Pozos.
En el
horizonte se vislumbraba la Sierra de Guadarrama entre las cumbres de Cabeza
Santa y el Risco Peluca.
Antes de
llegar al collado, fui dejándome caer por el flanco izquierdo de la loma (N),
entrando en la vaguada, atravesándola y continuando el descenso en diagonal por
la ladera oriental.
Las
ramitas que asomaban de la nieve estaban encerradas en un grueso estuche de
hielo. Debía hacer fresco, pero yo, encantado, no lo notaba.
Dejaba
atrás el cordal cuando empezaron a verse algunos huecos en las nubes ¡vaya!
podía habérmelo tomado con más calma.
Bajaba
era una pedrera de pendiente moderada donde la nieve endurecida que cubría los
bloques facilitaba el paso. Aunque, a partir de media bajada, tuve que empezar
a poner algo de cuidado pues la capa blanca empezó a ser menos fiable, cediendo
a veces a mi peso. En todo caso, este descenso presenta muy poca dificultad. De
pendiente suave y regular, puede ser incómodo, pero nunca expuesto. Por otro
lado, el descenso era ameno. Si, a mi derecha iba viendo la cresta de las
Parameras, al otro lado, podía contemplar…
… el
Cerro del Cabezo y el Circo de Gredos formaban una bonita composición bajo un
cielo que se abría rápidamente y, …
… ante
mí, se iba descubriendo el pueblo de Serranillos según bajaba.
Dejé
atrás la nieve al…
…
alcanzar el espolón de Las Lanchuelas, donde empecé a encontrarme hitos que me
llevaron a proseguir la bajada por el lomo.
Al dejar atrás
el pedregal, me encontré con un matorral bajo y poco denso, que abundantes rastros
de ganado permitían atravesar con comodidad. Luego, en una zona de corrales de
piedra al pie del monte que iba viendo, encontré…
… un
camino que traviesa Las Solanillas, bajando suavemente hasta Serranillos entre
campos y arboledas. El camino es amplio, de piso firme, y no deja lugar a
dudas. Y me llevó apaciblemente hasta el pueblo, que ahora veía al pie del
Puerto de Serranillos, por donde pugnaban por pasar las nubes desde la
vertiente sur de la sierra.
Hacia las
tres y media de la tarde llegué al pueblo. El día se había terminado de abrir,
dejando una tarde soleada y luminosa, en la que el Cabezo brillaba en lo alto.
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