A las
siete y pico de la mañana, salí del aparcamiento bajo la presa del Estany de
Cavallers. Las nubes bajas persistían, pero al menos no llovía, el viento
estaba en calma y la temperatura era agradable. Tras subir al nivel del agua
por una senda que arranca de la entrada al aparcamiento, comencé a rodear el
embalse por el camino que va por la orilla meridional.
Más abajo
el cielo estaba más despejado, dando lugar a una imagen tan sugestiva como
l’Aüt y la cresta de Roques Blanques reflejándose en el agua del pantano.
A punto
de alcanzar la cola del embalse, crucé el torrente que baja de Comalespada
despeñándose por un gran escalón de roca. Poco después, giré a la derecha (SE)
para subir por una rampa de hierba que parece evitar el resalte de la cascada.
Había leído en guías y reseñas que un gran hito señalaba el lugar; si lo hubo,
no lo encontré o ya no existía; la única referencia es la vista cercana de un
cartel indicando el límite del parque nacional. La rampa me llevó pronto a
entrar entre pinos, dejando de tener otra referencia que la pendiente.
Cuando
salí de los árboles, me topé con un resalte de roca húmeda; no viendo mejor
salida hacia los lados, lo superé por fracturas y repisas (I+ / 10 m).
Arriba,
me encontré una terraza herbosa rematada en un segundo resalte; la recorrí hacia
la derecha (S) hasta encontrar un contrafuerte donde tuve que volver a trepar
(I / 8 m). Desde su lomo, alcancé una segunda terraza (ésta) que baja un poco a
la derecha (S) antes de seguir atravesando la ladera hacia ese lado, y donde
creí ver una evidente traza de paso. Esa terraza me llevó fuera de los árboles,
entrando en…
… el barranco
de Comalespada cuya ribera derecha, en la que me encontraba, era una banda de
hierba empinada, pero libre de obstáculos. Giré a la izquierda (E) y subí por
ella, llevando ahora al lado el torrente, que corre aquí por una profunda
trinchera. Desde luego, había superado la cascada, no sin alguna peripecia, y
la superficie del lago comenzaba a quedar abajo.
Poco
después, llegué junto al cauce, lo que me permitió ir cambiando de orilla
cuando las rocas me cerraban el paso.
Con la
altitud, fui ganando perspectiva sobre la orilla opuesta de Cavallers; es decir
la falda de los Besiberris, que muestra unas altísimas placas de roca bajo el
Boni de l’Orri.
Hacia los
2.200 m, me encontré con una confluencia de torrentes. Continué por el de la
izquierda que, según el mapa, es el principal. Además, es más ancho y menos
empinado que el otro.
Poco
después, el terreno se abrió a mi alrededor en una ladera cubierta de hierba y
rocas a partes iguales y con pinos dispersos. Buscando el paso más cómodo, dejé
el torrente bastante a la izquierda para subir por lo alto de un lomo poco
marcado, donde el suelo era menos pedregoso. Luego, cuando se incrementa de
nuevo la pendiente, volví a irme a la izquierda, ya bajo la cresta de
Comalespada, para retomar el eje del barranco.
Para
entonces, estaba llegando al nivel de las nubes, que seguían sin dejar ver gran
cosa de las montañas que me rodeaban.
Sólo la
cresta de Comalespada se mostraba altiva sobre mis pasos. Una fuerte pendiente
donde se mezclaban roca y neveros me llevó a…
… un
segundo rellano, a unos 2.500 m de altitud, donde empecé a pisar nieve. Precisamente
a su entrada, sobre una peña, había tres o cuatro piedras apiladas en lo que me
pareció un hito. Me detuve y busqué algún otro alrededor... nada. Pero la pila
no parecía casual ¿qué hace un hito sólo? No sé, pero la cosa es que tenía que
seguir subiendo.
Frente a
mí, la niebla llenaba el tubo que sube al Coll Arenós; a su derecha, otra pala
de nieve sube también. ¿Sería el corredor que buscaba?
Entonces,
las nubes se abrieron lo justo para dejarme ver buena parte de la subida al
Coll Arenós y, a la derecha, algo …
… más
arriba, la boca de un corredor. ¡Bingo! Subí hacia la canal, de la que aún me
separaban unos 150 m de desnivel con una pendiente creciente, hasta llegar a
los 30º hacia el final.
Un
vistazo a mi izquierda, aprovechando que se descubrió parte de la cresta de
Comalespada, antes de…
… meterme
en este estrecho pasillo entre rocas. Comienza con una pendiente bastante
regular entre 40 y 45º durante 100 m. El ambiente es magnífico y encima las
nubes bajas le dan un toque misterioso.
Luego
viene el tercio central del corredor, otros 100 m de similar inclinación entre
dos giros, derecha e izquierda. Sólo en las curvas la pendiente aumenta,
superando claramente los 45º. Mirando hacia abajo, parece que el día se
aclaraba y pude ver la superficie del pantano, mil metros más abajo.
Tras la
última curva, quedan otros 120 m, donde la pendiente no baja ya de 45º y debe
llegar a los 55º en el tercio final. Y en ese momento, cuando ya me habían
rodeado las nubes, empezó a nevar. Al principio creí que eran copos arrastrados
desde la cresta, hasta que vi que me seguían cayendo cuando la alcancé.
Desde el
Coll de Comalesbienes, pude ver a mis pies el circo homónimo, con sus lagos
apenas perceptibles.
Estaba justo
al sur de la cima de la Punta Alta, de la cual me separan sólo 35 m de desnivel.
Girando a la izquierda (NE), una breve trepada por los bloques apilados, fácil,
pero para poner cuidado por la nieve fresca que los cubría, me llevó a la
cumbre de la Punta Alta en pocos minutos.
Eran las
doce y media de la mañana y allí estaba yo, en medio de un mundo blanco de
nieve y niebla, solo con el hito y tres palomas (sí, palomas) que dieron un par
de vueltas volando en torno a la cima antes de desparecer. Bueno, al menos
había parado de nevar y, la verdad, no se estaba mal.
Sólo
durante un momento las nubes subieron los suficiente para dejarme ver los Pics
de Comalespada rematando una aérea cresta. Pese a no verse nada, el silencio y
la calma total me hicieron abismarme en mis pensamientos y permanecí en cumbre
una buena hora, hasta que se levantó un airecillo helado que me devolvió a la
realidad.
Pasada la
una y media de la tarde volví a la horcada donde había ganado cresta y continué
por la arista al suroeste, pasando por una cota secundaria y anónima camino del
Pic de Comalesbienes. La cresta cimera de esta montaña no plantea demasiados
problemas; es amplia, no presenta cortes bruscos y los bloques que la forman
son estables y cómodos de pasar. Pero ese día la nieve fresca imponía ciertas
precauciones pues un mal resbalón puede ser grave en estas soledades.
En el Pic
de Comalesbienes, cambié de dirección para descender a la izquierda (SE), por…
… un lomo
que cae hacia los lagos, apenas visibles hoy. La bajada parecía impresionante
desde arriba pero luego no fue tan fiera. Además, encontré entonces abundantes
hitos que me facilitaron ir por el paso más conveniente.
Mientras
iniciaba el descenso, la cumbre se descubrió por un momento, como para
despedirme.
Fui
alternando trozos por el filo del espolón con otros por una u otra vertiente.
También hay algún paso empinado, pero no llegué nunca a tener que destrepar. A
la vista de una prominencia en la arista, entre los 2.700 y 2.800 m de altitud,
los hitos me llevaron claramente a la derecha (S), por…
… una
empinada ladera helada por donde bajé rápidamente hacia el fondo del barranco.
Pese a la capa de nieve, a estas alturas era ya perceptible la discontinuidad
de una senda en la pendiente. Pero, para hacer el descenso más suave y breve,
dejé la senda y atravesé directamente la ladera nevada en diagonal a la
derecha, hacia una collada (2.634), de donde…
… un
suave tuve de nieve bajaba a converger con el Barranc de Comalesbienes, que
alcancé bastante por debajo de los lagos; calculo que entre los 2.500 y 2.400 m
de altitud, en un tramo de poca pendiente, justo antes de…
… un
brusco incremento de la pendiente. Acabó la nieve y, en las rocas de la
derecha, reencontré los hitos, siguiendo los cuales continué el descenso. Aquí,
una vez por debajo de las nubes me calló el chaparrón del día. Qué hermoso
bajar triscando por estas piedras que, ahora, no sólo se mueven, sino que también
resbalan.
Al menos,
las vistas consolaban algo, como la de este risco medio embozado en la
vertiente de Besiberri.
O el
verdor del valle más abajo.
Los hitos
me fueron pues conduciendo sin demasiados sobresaltos hasta llegar al pinar,
donde también se me abrió el día y hasta me dio algo de sol. La senda, cada vez
más marcada, me llevó pendiente abajo derivando ligeramente a la derecha.
Al cabo,
salí de los árboles y hube de destrepar un escaloncillo de roca fácil y breve
(I / 3 m) y luego esta especie de diedro algo más alto (I / 6 m), muy señalado
pues por cualquier otro lado el paso es difícil.
Llegué
así a un barranco estrecho y empinado, tributario del de Comalesbienes, por el
que realicé la última parte de la bajada. Ya se veían las explanadas al pie de
la presa de Cavallers y, al poco, la senda me dejó en…
… un
amplio camino cubierto de hierba a la vista de la presa. Lo tomé al otro contrario
del embalse, a la izquierda (S), que es la manera cómoda de acabar el descenso.
El camino de marras desemboca en…
… una
carretera que crucé para tomar un carril que sale prácticamente enfrente y que
no es sino la entrada al aparcamiento del pie de la presa del Estany de
Cavallers, donde había dejado el coche esa mañana. Eran las cinco de la tarde
cuando llegué al mismo y, tras la tormentita que me pilló bajando por las
pedreras, la tarde se presentaba de lo más tranquilo y agradable.
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