Pico del Lobo (2.272)

ASCENSIÓN INVERNAL DESDE EL HAYEDO DE MONTEJO

POR EL ARROYO DEL CIBUNAL Y RETORNO POR LA LOMA DEL AGUA FRÍA

El Pico del Lobo es la cumbre del Macizo de Ayllón, conjunto de sierras que se extiende entre Segovia, Madrid y Guadalajara. Está situado en el cordal principal, que cierra Ayllón por el norte y de donde se proyectan al sur, como dientes de un peine, el resto de sierras del conjunto. Se extiende por tanto a sus pies, la Meseta hasta la Cordillera Ibérica; es por ello montaña con amplísimas vistas, pero siempre batida por el viento, donde la nieve se hiela con facilidad. Como es normal en Ayllón, encontraremos laderas altivas, cubiertas de un denso y variadísimo manto vegetal, sosteniendo unas crestas amplias y suaves sobre las que destacan esporádicos afloramientos rocosos en las culminaciones.

La ruta comienza remontando el Río del Ermito para luego alcanzar la cuerda por el Arroyo del Cibunal y, por ella, la cumbre. Para el retorno, se recorre al sur la Loma del Agua Fría, no por la cuerda sino por la pista que rodea el Cerrón por el oeste, hasta el Collado de la Calahorra para luego bajar al valle del Río del Ermito por el camino del Ravinate.

Picos del Cervunal y el lobo sobre el barranco del Cibunal

SITUACIÓN:

  • Zona: Macizo de Ayllón (Sistema Central)
  • Unidad: Sierra de Ayllón
  • Base de partida: Montejo de la Sierra (Madrid)

ACCESO: El Aparcamiento del área Recreativa y Hayedo de Montejo está situado en el acceso a dicho paraje natural, que se encuentra en el término municipal madrileño de Montejo de la Sierra; concretamente a 7,5 km al NE del núcleo urbano y a orillas del Río Jarama, que es el límite con Guadalajara. La ruta se inicia por la pista que, saliendo de la carretera que va al Cardoso unos 400 m más allá de la puerta del hayedo, al otro lado del Jarama, se dirige al NE para remontar el valle. Puedes calcular un itinerario desde tu lugar de origen al punto de partida de la ruta en el siguiente link a GoogleMaps.

OTROS DATOS:

  • Cota mínima / máxima: 1.250 / 2.273
  • Mi tiempo efectivo aproximado: 7h30
  • Mi tiempo total: 9h00
  • Dificultades: Muy fácil, en las condiciones del día, con nieve dura continua por encima de la cota 2.000 y algo de hielo en la cuerda. Fuera de camino, hay que superar 600 m de desnivel por pendientes moderadas, primero con matorral poco denso, y luego (los últimos 200) por nieve de hasta 30º de pendiente.
  • Track para descargar en Wikiloc

Mapa tomado del visor Iberpix. ©INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL DE ESPAÑA

LA RUTA: En la carretera que va del Hayedo de Montejo al Cardoso, tomar la pista que sale a la izquierda (O) y remonta el Jarama. Cuando se divide, seguir por la derecha (N), pasando a seguir el curso del Río del Ermito. Cuando el camino deja el fondo de valle y pasa a ganar altura por las laderas del Cerrón, en una curva cerrada a la derecha, dejarlo por la izquierda (N) y vadear el Arroyo del Cibunal para remontarlo por la vertiente derecha. Ya fuera del bosque, en un rellano donde confluyen varios barrancos, tomar un tubo de suave pendiente (<30º) que sale hacia la izquierda (N) y supera la ladera de El Cervunal. Alcanzada la cuerda junto a dicha punta, girar a la derecha (E) y seguir la senda que la recorre hasta la cumbre del Pico del Lobo.

Regresar por el mismo camino hasta pasar el Alto de las Mesas. Cuando se vea buena bajada a la izquierda, dejar el caminillo y descender en diagonal a la derecha (SO) primero hacia un lomo rocoso y luego, tras cruzarlo hacia el collado de la Majada de los Carneros. Tomar allí el camino que sale al sur y atraviesa horizontal la ladera este hasta Canchos Buenos, donde cambia de vertiente para rodear el Cerrón por el oeste. Al llegar a una bifurcación, girar a la izquierda (SE) para alcanzar, ganando algo de altura, el Collado de Ortigosa. Continuar por la pista hasta el Collado de la Calahorra y dejarla por la derecha (O) para tomar la senda que desciende por lo alto del Lomo del Ravinate y luego, convertida en ancho carril, por la cuenca del arroyo homónimo hasta el fondo del valle. Al encontrar allí la pista por donde se inició la ruta, tomarla a la izquierda (S) para volver por ella al Hayedo de Montejo.

Croquis de la ruta sobre ©GOOGLE EARTH

COMENTARIOS: Al Pico del Lobo suele subirse desde la vertiente norte. Los valles que llegan desde el sur, el corazón de Ayllón, son largos y muchas veces sin una subida clara, pero, conociendo la zona, me daba la impresión que por ahí había rutas interesantes, aparte de las obvias siguiendo los largos cordales del Cerrón o la Cebosa. Ésta fue la primera de ellas que exploré y no me decepcionó. La ruta es larga; fácil pero entretenida la subida, bella y panorámica la bajada. Además, tuve suerte con el tiempo, lo que ayudó a que disfrutara la ascensión.

Por otro lado, la única parte de la ruta que requiere algo más que una regular forma física y ganas de caminar es la remontada del Arroyo del Cibunal (¿Cervunal? Pero así viene en todos los mapas que he consultado). No había senda ni marcas de ningún tipo; si bien la referencia del barranco es muy clara, hay que ir atento y tener algo de instinto montaraz para encontrar y aprovechar las trazas de animales en el denso monte bajo para poder subir con facilidad. De todas formas, no es de lo peor que me he encontrado por Ayllón en cuestión de matorral y puedo asegurar que merece la pena. Luego, el modesto tubo, más bien surco, por el que gané la cuerda fue muy agradable y sin apenas dificultad.

RELATO GRÁFICO:

La pista que remonta el alto valle del Jarama sale de la carretera que va de la puerta del Hayedo de Montejo al Cardoso al poco de cruzar el río y entrar en la provincia de Guadalajara. Faltaban minutos para las nueve de la mañana cuando comencé a caminar. El día estaba claro, aunque las sombras llenaban todavía el fondo del valle, más aún dentro del robledal a donde enseguida me llevó el camino.

A poco de salir de los árboles, tomé el camino de la derecha (NE) en una primera bifurcación; la otra opción me hubiera llevado a remontar el Jarama o a la Loma Mediana. Poco después, cuando vuelve a dividirse la pista, continué por la izquierda (N). La otra opción va hacia el Ravinate y por ella regresaría al valle más tarde. Pero ahora se trataba de remontar el Río del Ermito. En los claros como éste, podía ver a mi derecha la cresta del Cerrón mientras, al fondo, la nieve blanqueaba el cordal principal de Ayllón.

El camino transcurría bajo un variado bosque con robles, hayas, alisos, acebos, etc. Fui así, cruzando varios barrancos tributarios y pasando junto a unas pocas casas ruinosas, acercándome a la cabecera del valle. Al rato, empezó a asomar el Cervunal al fondo. Los resaltes que defienden la cima se veían cortados por una línea más blanca. No tenía referencias de esta ascensión y, por tanto, la ruta en fino tendría que irla decidiendo sobre la marcha y esa especie de tubo, corredor o lo que fuese pintaba bien.

Al pasar en la vertical de la cumbre del Cerrón, pude ver sobre la copa de los árboles la roca del crestón tapizada el hielo. Incluso, con atención, se llegaba a distinguir el hito cimero asomando por una brecha.

También fui viendo más de cerca de cara suroeste del Cervunal, donde cada vez está más claro el tubo, abierto y tendido. Aunque sobre el mapa había planeado irme por la izquierda a ganar la cuerda, estaba ya claro que ésa era la subida mejor.

Tras dejar atrás un par de desvíos, que obviamente no seguían mi dirección, la pista, hasta entonces prácticamente llana, adquirió pendiente al dejar el Ermito para pasar a remontar su afluente el Cibunal, acercándose al cauce. Al llegar a una curva cerrada a la derecha donde el camino se separa del agua, lo dejé por la izquierda (N) para vadear el torrente. Un par de huecos en el matorral indican por donde suele hacerlo el ganado; escogí el que me pareció mejor. En la orilla derecha, me encontré en una ladera de mediana pendiente, poblada por robles dispersos, que varias trazas de ganado remontan más o menos paralelas al cauce.

Al ganar altitud, dejé atrás los árboles, sustituidos por un matorral cerrado, donde me costó algo más de trabajo ir localizando los pasos de los animales. Peor los había. Y, de todas formas, tampoco hube de pelear lo que otras veces mientras el valle iba quedando atrás, bajo las laderas del Cerrón y empezaba a verse un retazo de la Sierra de la Puebla.

Salé del matorral cerca de una confluencia de barrancos que formaban tres rellanos herbosos escalonados. Cerca del más alto parece que sale mi corredor. Visto de cerca, su pendiente es efectivamente más que suave. No me molesté siquiera en sacar el piolet, prefiriendo la comodidad de apoyarme en los bastones.

Tras dejar atrás las tres praderas, hube de remontar un poco de matorral disperso al noreste para ponerme en…

… la base de la zona en que el corredor se define.

Se trata de una especie de trinchera abierta de entre dos y tres metros de ancho, que debe haber excavado en sus bajadas un chorro discontinuo de agua.

Ganando altitud, me encontré zonas más y menos anchas pero la subida siempre fue cómoda por esta banda libre de matorral y donde la pendiente sólo ocasionalmente alcanza los 30º. Además, con la nieve sólo medianamente dura, los crampones se clavaban solos. Atrás, más allá del valle, las crestas de la Sierra de la Cabrera y la Cuerda Larga asoman sobre la Loma del Recuenco, mientras que, al otro lado del barranco, el Cerrón estaba cubierto por una nube.

Culminando la subida, me encontré con las caras de las rocas que daba al norte tapizadas de hielo.

Y entonces también se me echó encima esa nube que antes veía sobre el Cerrón. Maldije por lo bajo... al final, se iba a estropear un día que empezó con tan buena. También me recibió en la cima del Cervunal un intenso ventarrón al que no había estado expuesto hasta entonces y paré a ponerme ropa. Por cierto, hasta ese momento no había encontrado una sola huella en la nieve y tampoco hitos u otras marcas en la subida desde la pista.

En fin, que giré a la derecha (NE) para buscar y luego seguir la senda que recorre el cordal. Y entonces, con la misma presteza con que había llegado, se retiró la nube, para mi alegría y alivio.

Aunque, hacia el norte aún estaba velada la llanura segoviana, de la que sólo llegaba a ver una estrecha banda pegada a las laderas de la Pinilla.

Para entonces, estando ya en una ruta habitual, me encontré una buena huella rodeando por el sur el Alto de las Mesas. Siguiéndola, me encaminé al Pico del Lobo cuya cumbre, aunque la última, se iba despejando también de nubes.

Alcancé la cima hacia la una y media, con tiempo despejado en general, salvo hacia el Guadarrama. Hacía mucho frío y del viento, intenso y racheado, no había donde protegerse pues se arremolinaba incluso en torno a las espantosas ruinas que siguen afeando esta cumbre. Pero no hay quien piense en eso con el Cerrón ante los ojos. Más a la izquierda, justo…

… al sur, se proyecta la Cuerda de las Mesas, que divide en dos el valle del Río Berbellido. En el horizonte, la silueta de la Sierra de la Puebla. Siguiendo el giro, está…

… el grupo del Pico Rayo y el Cerro del Rocín y, más allá, la Sierra del Robledal.

Ya al noreste, se despliega cresta de las Peñuelas, muy bonita ese día contrastando su blancura con los tonos mates de la llanura. Esta vez, no se llegaba a ver la Ibérica, tapada por las nubes.

Pero ni con ésas aguanté mucho. En apenas 20 minutos, me apresté a regresar, sobre todo viendo que de nuevo se levantaban nubes, aunque fue otra falsa alarma. Comencé deshaciendo camino hasta llegar a la punta previa al Cervunal.

Allí, con el brazo occidental del Berbellido a mis pies, dejé la senda del cordal por la izquierda (S), para…

… descender en diagonal por esta ladera nevada. Al llegar a la arista de nieve y roca al otro lado, la traspuse por donde me pareció más cómodo.

Luego, me dirigí directamente, entre manchas de nieve y matojos, al collado de la Majada de los Carneros, que se abre bajo el cerro homónimo. Allí, tomé el camino que va por la vertiente oriental del cordal hacia el siguiente collado.

A punto de llegar al mismo, me volví para despedirme del Pico del Lobo y su cuerda occidental.

A la izquierda, el Ocejón asomaba entre los riscos de La Cebosa y Cabezo Pinillo.


Al salir a la cuerda en Canchos Buenos, la pista me llevó a la otra vertiente, que atravesaría horizontalmente bajo el Cerrón.

Podía contemplar a mi derecha el mejor lado del Tres Provincias, más allá de la Loma Mediana.

Delante, al acercarme al lomo occidental del Cerrón, donde cambiaría de vertiente, iban apareciendo las alturas que rodean la cabecera del Lozoya.

Al llegar a la vertiente suroeste, la Sierra de la Puebla dominada por Peñacabra pasó a dominar el panorama, más allá de la cresta del Saltadero. También se distinguían, más a la derecha, las siluetas de las sierras de la Cabrera y Morcuera. Al cambiar de lado, me encontré bajando hasta llegar a un cruce, donde giré a la izquierda (SE) para subir hacia el Collado de Ortigosa.

Cerca de dicha horcada, cuando la pista gira hacia el este para superar en un par de lazadas la última pendiente, me encontré una hermosa vista del Santuy delante de la Sierra de la Puebla, silueteada por el sol declinante. Realmente, la tarde había quedado estupenda y este recorrido de vuelta, aun suponiendo algo de rodeo, se me estaba haciendo muy bonito. Tras pasar tanto por la Ortigosa como por el Agua Fría y haber rodeado por el este, siempre siguiendo el camino, la Loma del Picaño, fui acercándome al Collado de la Calahorra.

Cerca del mismo, dejé el camino por la derecha (O) para buscar y tomar el camino que desciende por…

… el lomo del Ravinate. A mis pies, las sombras empezaban a invadir el valle bajo el Saltadero. En la ladera de este último, veía ya el trazo claro de la pista por donde retornaría al coche. Más allá, las crestas del Guadarrama ensombrecían el horizonte entre un cielo dorado y la pálida neblina de los valles.

Tras una bajada rápida y directa por una senda pedregosa, llegué al inicio de un camino mejor, prácticamente una pista, con pinta de poco usado, pero comodísimo de andar. Siguiéndolo, crucé la cuenca del Arroyo del Ravinate en suave descenso para recorrer luego las boscosas faldas del Saltadero.

Cuando los árboles clareaban, podía ver a mi derecha el Río del Ermito, bajo la Loma Mediana y el Cerrón, ya en sombra.

Llegué así a un cruce, cerca del fondo del valle, donde giré a la izquierda (S). Estaba ya de vuelta en el camino del Jarama por donde había comenzado la andadura esa mañana y, ante mí, los últimos rayos del sol pasaban por el Puerto del Cardoso, iluminando las laderas del Bañaderos. Acababa el día y a refrescaba cuando, cerca ya de las seis, alcancé el coche.

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