Croquis
de la ruta sobre ©GOOGLE EARTH
COMENTARIOS: Muy bonita
ascensión de nivel medio en general, en un ambiente muy alpino. Recomendable en
primavera, con buena cantidad de nieve, ya que así es más fácil encaramarse al
espolón; y encima el monte estará precioso. El propósito inicial era haber
bajado al norte desde el collado entre los picos Cordier y Sayó, pero no nos
gustó la pinta de la nieve allí y encima vimos cómo se caía un cacho de arista
según nos acercamos. Pero la bajada por los collados Cordier y Alba tampoco
está mal.
Aunque estábamos en junio y la aproximación la hicimos en seco,
la abundancia de nieve en altura, me ha hecho considerar la
ascensión como en condiciones invernales, al menos desde el punto de vista de la dificultad. Desconozco como son esas canales con la roca al aire.
RELATO GRÁFICO:
Poco
antes de las siete de la mañana, aparcamos en La Besurta. Todo estaba mojado
aún de la lluvia de la noche y unas nubes bajas y densas llenaban el valle,
pero, de momento, había dejado de caer agua, que no es poco. Con el tiempo
previsto para la semana, no podíamos dejar pasar una oportunidad y decidimos
iniciar al menos la ascensión. Así pues, con pocas esperanzas de llegar muy
arriba, echamos a andar por el camino que prolonga la carretera del Valle del
Ésera hacia Aigualluts. Enseguida, tomamos a la derecha (SE) el desvío que
conduce a La Renclusa. No presentan estas veredas problema alguno pues, siendo
uno de los polos turísticos del Pirineo, abundan los carteles y hay incluso
tramos empedrados.
El camino
nos fue llevando a remontar el Barranco de la Renclusa por su vertiente
derecha, ganando altura en prolongadas diagonales de pendiente suave. El Valle
del Ésera fue quedando atrás bajo su palio de nubes.
En una de
éstas, aconteció el prodigio; inesperadamente, se abrió un hueco en las nubes
para dejarnos ver un trozo de cielo azul y, en medio, el Pico de la Maladeta
cargado de nieves.
Pero poco
duró el optimismo; minutos después y a la vista ya del tejado del refugio, las
nubes habían vuelto a cerrarse e incluso el cercano Pico de la Renclusa era
sólo una silueta fantasmal; una sombra algo más oscura en la masa gris que nos
cubría.
Pasamos
junto al Refugio de la Renclusa y dejamos atrás el edificio. A su espalda, se
encuentran varias sendas; entre ellas, la que remonta el Barranco de la
Maladeta, desagüe del glaciar homónimo, por la que salimos en dirección
suroeste. Si bien no es la más evidente ni transitada, la localizamos con
facilidad con la referencia del torrente. La senda nos llevó por la orilla
derecha del barranco, separándose al principio de su eje.
Cuando el
terreno se vuelve pedregoso, desaparece todo rastro de paso, pero los hitos son
abundantes, fáciles de seguir incluso en aquella palidez de bruma y escarcha.
Es curioso, pero, pese a las apariencias, no hacía nada de frío e íbamos muy a
gusto con la camiseta y una sola capa exterior fina. Tramos más o menos
empinados se alternaron durante la remontada de este cantizal, donde teníamos
que pisar con cuidado, pues las piedras resbalaban lo suyo. De modo que…
… nos
alegramos cuando alcanzamos el límite de los neveros, en un rellano donde el
barranco gira a la derecha (SO). Encontramos la nieve fresca pero poco
profunda, de modo que apenas nos hundíamos unos pocos centímetros y la
progresión era cómoda. Además, si bien la pendiente se incrementó, seguía
siendo bastante suave.
Poco
después cruzamos el eje del barranco y nos mantuvimos ya en esa vertiente por
lo que quedaba de ascensión, ganando la loma que limita el Barranco de la
Maladeta por el oeste. Al tiempo, las nubes se elevaron y pudimos contemplar el
Ibón de la Renclusa a nuestros pies. A cambio, y como para compensar, se puso a
nevar; parecía que las nubes se levantaban al ir soltando peso... ¡claro que
éste caía sobre nosotros!
Poco
después, volvimos al puré según alcanzábamos una antigua morrena y llegamos a
un rellano junto a la cota 2.675 m. Ante nosotros, se alzaba la morrena
terminal actual. Paramos a pensar si seguir pues, a partir de aquí, en medio
del glaciar, la escasa visibilidad podía ser problemática al carecer de
referencias. Decidimos continuar ya que, no habiendo huellas y estando la nieve
bastante fresca, en el peor de los casos podríamos bajar siguiendo nuestro
propio rastro.
Entramos
en el Glaciar de la Maladeta que, una vez superada su morrena frontal, presenta
al principio una escasa pendiente de apenas 20º. Había un palmo de nieve fresca
sobre otra capa muy dura, por lo que tuvimos que calzarnos los crampones pese a
irnos hundiendo hasta los tobillos.
El centro
del glaciar está hundido, formando una gran vaguada que nos fue sirviendo de
referencia, llevándola a la izquierda mientras subíamos por el lomo que la
limita. Súbitamente, apareció a nuestra derecha, al…
…
despejarse las nubes, el resalte norte de la Torre Cordier. Debíamos andar
sobre la cota 2.900.
También
aclaró algo por arriba, y empezamos a distinguir el espolón norte del Pico Cordier,
aunque no la cumbre aún. Al menos, la referencia era suficiente para empezar a
derivar a la derecha (SO) en busca de los corredores de su flanco oriental.
Y
entonces, por un momento, fue otro día: el sol brillando en medio de un cielo
azul sobre nuestras cabezas y la Maladeta mostrándose formidablemente hermosa a
nuestra izquierda. Pero era a nuestra derecha donde…
… estaba
nuestro objetivo, el Pico Cordier y su espolón. Vimos la zona por donde la
nieve permitía encaramarse a lo alto del mismo evitando la roca y hacia allá
nos dirigimos, girando ahora decididamente a la derecha (O).
Y
entonces se rompió la calma. Se desató un fuerte viento y las nubes se abrían y
cerraban rápidamente, mientras la nieve se arremolinaba a nuestro alrededor.
Para entonces estábamos en la pala superior del glaciar, con pendiente de poco
más de 30º.
Luego, de
nuevo con la misma rapidez sorprendente, paró el viento, volvió la niebla y
comenzó a nevar copiosamente. Teníamos a la vista ya el corredor que íbamos a
tomar para encaramarnos al espolón norte: el más alto de los dos que estaban
totalmente cubiertos de nieve, que nos dio mejor pinta.
El acceso
al mismo y un primer tubo de unos 50 m, mantienen una inclinación cercana a los
40º.
Tras
remontarlos, giramos a la izquierda con el corredor y afrontamos un segundo
tubo, unos 25 m donde se alcanzan los 55º, antes de salir por la derecha a lo
alto del espolón.
Ya sólo
nos quedaban por superar los 50 m finales, por un ancho lomo cubierto de nieve,
de menor pendiente al principio, aunque se volvía a empinar hasta los 45º cerca
de la cuerda, que alcanzamos…
… unos
pocos metros al este de la cumbre.
Llegamos
al Pico Cordier hacia las doce de la mañana y, al alcanzar la cumbre, salimos
también de las nubes. La Maladeta aparecía espectacular, aunque las vistas
estaban muy limitadas, sobre todo al norte, donde sólo se veía un muro blanco.
En todo
el arco meridional, sólo por encima del Pico le Bondidier se veía algo más
lejano: las altas vertientes meridionales del Valle de Estós.
Lo más
impresionante era la Cresta de Cregüeña con sus flancos helados sobre…
… la
superficie perfecta del Lago de Cregüeña. Como no se estaba mal pese a todo,
permanecimos casi una hora en cumbre.
En vista
de que no se abría y temiendo que el tiempo terminara por jugárnosla,
comenzamos el descenso a la una, recorriendo la cresta del macizo hacia el
noroeste. Una arista de nieve ancha pero expuesta por lo inestable. Había una
cornisa de poco vuelo pero que se caía con mirarla, de modo que avanzamos con
cierto tiento y manteniéndonos en el flanco sur. Bajamos así hasta…
… la
horcada entre los picos Cordier y Sayó. La primera idea había sido bajar desde
ahí al norte, pero, según llegamos, vimos que el inicio de la bajada estaba más
empinado de lo previsto y encima, según nos íbamos acercando, habíamos visto
desmoronarse otro trozo de arista de nieve en la propia horcada. Decidimos
entonces regresar por la ruta normal; es decir, volver a la vertiente norte del
macizo por el Collado de Alba. Lo primero, como no nos interesaba subirlo,
atravesamos la ladera sur del Pico Sayó en busca de…
… la arista
que baja hacia el Pico Le Bondidier. Por ella, descendimos hasta el Collado
Cordier, donde giramos a la derecha (NO) para bajar por su…
…
vertiente occidental, que encontramos bastante empinada, aunque sin sobrepasar
los 45º. Así perdimos algo menos de cien metros, hasta que calculamos estar más
o menos a la altura del Collado de Alba.
Los hitos
que en verano señalan esta ruta debían estar tapados por la nieve, pues vimos
muy pocos. Y, encima, se metió la niebla, lo que nos llevó a flanquear casi a
tientas lo que quedaba de vertiente suroccidental de los picos Sayó y Mir,
guiados por el cambio de pendiente e intentando mantener cota.
El
Collado de Alba nos lo encontramos casi inesperadamente, al ver cerca la cresta
que llevábamos a la derecha.
La bajada
por su vaguada norte se presentaba empinada y un tanto lóbrega, con su fondo
invisible en la densa niebla.
La parte
más empinada fueron los 30 primeros metros, con una pendiente de unos 50º, que
luego baja enseguida, manteniéndose entre 30 y 40 hasta llegar a…
… una
cubeta en la base del corredor. Por entonces, las nubes volvieron a ser
clementes y nos dejaron ver por un momento la masa del Diente de Alba
dominándonos muy cerca.
Claro que
fue sólo un instante. Desde el rellano citado, entramos en el marcadísimo tubo
de nieve que forma el Barranco de Alba y, de nuevo con la niebla densísima
alrededor, decidimos bajar por el eje del barranco, en vez de seguir los hitos
por la loma como se hace en verano. Creo que en estas condiciones de nieve y
visibilidad es mejor. El descenso, muy cómodo y relajado, transcurrió en medio
de un silencio aplastante, con el viento en calma y una visibilidad de metros. Realmente,
“nada hay más mudo que una soledad de nieve”.
Salimos
de las nubes casi a la vez que quedaron atrás los neveros, hacia los 2.300
metros, en la cubeta pedregosa donde confluyen los barrancos de Alba y del
Diente.
Siguiendo
ahora el torrente, entramos en el vallecito de Paderna, donde encontramos hitos
primero y una senda después.
Pasamos
por lo que fue el más bajo de los Ibones de La Renclusa, hoy un llano herboso
que sólo se encharca en épocas de deshielo. La senda lo bordea por la
izquierda.
Cuando el
terreno vuelve a encajonarse, la bajada se empinó, pero, el caminillo, muy
transitado, es excelente y llegamos enseguida al Refugio de la Renclusa.
Sólo nos
quedó descender hasta La Besurta por el mismo camino que a la ida. Y
precisamente llegando al coche, cerca de las cuatro de la tarde, sonó el primer
trueno de una regular tormenta, cuya descarga no llegó a pillarnos por
minutos... ni por encargo nos habría salido mejor.
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